
Estamos en un bar con vista al río - al famosísimo Río Amazonas – Armando, Braulio y yo, chupando y celebrando quien sabe qué, como siempre, cualquier cosa es buena excusa para tomarnos unas chelas. Me encanta salir con mis patas, mis hermanos, ellos dos completan el trío de mosqueteros bohemios y sinvergüenzas. Sólo con ellos puedo compartir secretos inconfesables, hablar de las intimidades más sensibles y reírme de las más desvergonzadas y atrevidas aventuras. Con ellos puedo sentarme a charlar sin tener que cuidar de mi vocabulario y sentir la libertad de vociferar las vulgaridades que se me antoje. Sólo con mis amigos tengo la complicidad de desviar juntos la mirada ante la presencia de una chica guapa, apreciarla, comentarla y hasta de tomarnos el atrevimiento de piropearla. De hacer concursos de eructos, que por cierto son biológicamente necesarios y de ser el más inmaduro del mundo y no sentir remordimiento alguno por eso.






Juliana es una vieja amiga, ex compañera de la universidad, yo vivía enamorado de ella, pero gracias a mi inseguridad y a mi recomprobada timidez nunca se lo hice saber, disimulé bien todo el tiempo que estudié a su lado. 























